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A una semana de la sacudida de la tierra y de nuestro espíritu.

Publicado en El Periódico de Panamá
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A una semana de la sacudida de la tierra y de nuestro espíritu.

Por: José Dídimo Escobar Samaniego

 

A una semana del terremoto más potente y sobrecogedor de la historia nacional de los últimos 150 años que, ha dejado a la intemperie a miles de compatriotas especialmente en la región central del país, quienes de manera súbita y brutal, han perdido sus cálidos hogares para verse expuestos a vivir en corrales de ordeño, potreros, carpas y hasta pernoctar en la yerba mojada y el suelo frío.

Los primeros instantes del movimiento sísmico, parecían una real escena del fin del mundo. La naturaleza se movía toda violentamente, se retorcía como con espasmo, como si fueran las olas del mar embravecido. La tierra crujía, chillaba y se abría por doquier, como buscando expulsar un grito que contenía en su interior. El terror se apoderó de todos. Muchos arrodillados o levantando sus manos, clamaron a la Misericordia de nuestro Señor, otros lloraban y otros más, quedaron inmóviles sin saber qué hacer.

Otros trataron de caminar o correr, pero la tierra les impedía el avance y no lograban mantenerse en pie. Hasta los animales también fueron presa del susto. Los árboles se movían violentamente y a pesar de sus raíces profundas, muchos sucumbieron.

Todo pasaba en un instante que, era como eterno. Se caían los cielos rasos, los techos de teja y se escuchaba el ruido de la caída de objetos y de las paredes, ventanales, puertas y finalmente en muchos casos, las casas enteras colapsaron. No hubo tiempo para rescatar nada, pero afortunadamente y milagrosamente nadie pereció en el instante.

Se perdió la comunicación, se interrumpió el servicio de electricidad y en muchos casos las carreteras fueron rotas por inmensas y profundas zanjas que las partían, muchos cerros quedaron desnudos y toda la capa vegetal se deslizó como agua entre los dedos. Muchos puentes fueron removidos como el de río Oria o quebrados y hasta el Centenario parecía una hamaca. Después, hicieron su aparición, las réplicas. Estas fueron y todavía lo son de gran potencia. Son las responsables de que mucha gente todavía se niegue a dormir bajo techo.

En esta semana extensa e intensa, fueron el escenario donde aparecieron los bajos instintos humanos que, los ha llevado a querer aprovecharse oportunistamente de la tragedia, pero también ha despertado a la mayoría de los panameños que, de manera impresionante se han impregnado de humanidad, de Fe y de solidaridad y concurren en el propio terreno de los hechos a entregar auxilio y acompañamiento,  lo mismo que, todos los centros de acopio de ayuda se han visto desbordados del amor fraternal, en donde la gente ha dado desde su corazón lo mejor que han podido, lo que han permitido entregar esa ayuda inmediata, a pesar de que a una semana, todavía hay personas a las que no les ha llegado el auxilio, especialmente comunidades apartadas.

Alguien dijo que, los estragos de este hecho trágico, se trataba de un “bochinche” de los comunicadores o tiktokeros, pero esa apreciación ligera e infeliz, intenta castigar el acceso a la verdad oculta y compartida que, desmiente a la comunicación oficial controlada.

Para la región del epicentro como para todo el país, este hecho es un parteaguas. Ya no seremos iguales después de este acontecimiento que, así como ha conmovido los cimientos de nuestro suelo, también ha conmovido hasta el tuétano a nuestra almas y espíritu.

Este hecho debe marcar de ahora en adelante, el crecimiento del amor por este suelo que nos regaló Dios y que se llama la patria panameña. Este es nuestro hogar y es preciso ayudar a reconstruir los hogares destruidos y maltrechos de los panameños que, casi lo perdieron todo, pero también generar un clima de justicia que haga posible el advenimiento de la paz y el sosiego que, cuya falta, es la razón principal de nuestra angustia y zozobra nacional.

¡Así de sencilla es la cosa!

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