

Por Ramiro Guerra M. Abogado y cientista político. 25/09/2021.
La pregunta de fondo, ¿el hecho de ser elegido para un cargo de elección popular, te releva o exime del control ciudadano? ¿De rendir cuentas al pueblo? Absolutamente no. La democracia no puede manejarse o administrarse como si el país o la nación, constituyese una finca y en ella, el mayoral hace y deshace.
Cómo hacerle entender a muchos políticos, que la democracia no se agota con el acto de votar; sino que constituye una relación sinalagmática propia de un contrato de mandato, donde el elegido es un mandatario y el pueblo el mandante. Este se reserva para sí, el derecho de estar vigilante, lo que haga o deje de hacer el mandatario, llámese diputado, representante alcalde o presidente.
Nada de lo anterior pasa por la cabeza de los que, desde el poder, hablan en nombre de la democracia. Asemejan las credenciales del cargo a una ‘patente de corso’ para todo tipo de latrocinios y abusos del poder.
Escribir y hablar de democracia hoy, al margen del concepto de ciudadanía deliberativa y participativa, es como hablar de un cuerpo sin suficiente sangre; está anquilosado y opera deficientemente.
La democracia, como control y participación, es una forma de vida; se vive y se siente. Por eso algunos politólogos sostienen que tiene un alcance ético.














