

Por: Ing. Jaime Johnson Ortíz
Deja ya, humano errante,
de empuñar banderas que sangran,
de seguir los ecos antiguos
que solo siembran ruinas y lágrimas.
Las guerras —esas bestias sin rostro—
devoran sin tregua la flor temprana,
y tú, al tomar partido,
les das de comer tu alma.
¿Hasta cuándo, oh mundo ciego,
seguiremos enterrando juventudes,
con fusiles en vez de sueños,
con trincheras en vez de abrazos?
Ninguna guerra deja vivos,
aunque el cuerpo regrese,
el alma queda atrapada
en los escombros del horror.
Hoy, cuando los tambores retumban
por los rincones de la tierra,
no te dejes arrastrar por la furia
ni por la mentira disfrazada de causa.
Tu verdadera guerra,
la única que vale la pena,
es la que se libra contra la guerra misma,
contra el espectáculo grotesco
que convierte la vida en ceniza.
Lucha por los jóvenes que aún sueñan,
por los hijos que aún no han nacido,
por los amaneceres que merecen
ser vividos sin miedo.
Que tu trinchera sea la ternura,
tu escudo la compasión,
y tu victoria,
un mundo donde la paz
sea el idioma de todos los pueblos.
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